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CARLOS FERNANDEZ - INQUISICIÓN Y CONVERSOS EN LA OBRA LITERARIA DE LEONARDO SCIASCIA PDF Stampa E-mail
Para Manuel Rodríguez Padrón,
con quien comparto el tesoro.
I
Leonardo Sciascia (1921-1989) es uno de los escritores europeos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Sus obras se reeditan con frecuencia, y sigue contando, veinte años después de su muerte, con un notable número de lectores fieles. Buena parte de esas obras se halla entre la literatura y la historia, tanto las más propiamente novelescas –Todo modo, El contexto, Cándido o un sueño siciliano– cuanto aquellas –Las parroquias de Regalpetra, Muerte del Inquisidor, La bruja y el capitán– que podemos considerar más próximas a la crónica o a la investigación histórica. Por eso el historiador español Josep Fontana ha podido decir de él que “es capaz de elevar el relato de un crimen a página de historia”1 . Será a esas <<novelas-investigación>> a las que nos vamos a referir preferentemente en estas páginas. En todas ellas, historia y fantasía, realidad e invención, se mezclan en un ejercicio que sorprende y seduce al lector. En realidad, Sciascia es autor de un único libro; libro en el que los temas –el poder, la justicia, la literatura- toman página tras página perspectivas nuevas, perfiles inusitados. Para decirlo con sus propias palabras: “En efecto, todos mis libros constituyen uno solo. Un libro sobre Sicilia que toca los puntos más dolorosos del pasado y el presente y que gira en torno a la historia de una continua derrota de la razón y de quienes se han visto afectados y destruidos por esa derrota”2 .
El tema de la Inquisición fue fundamental para Leonardo Sciascia; abordó su estudio en varias de sus obras. Resulta interesante conocer a los autores que le indujeron a investigar, a reflexionar sobre la Inquisición y todo aquello que la envuelve. El primero es, como no podía ser de otra manera, Voltaire. En la voz <<Inquisición>> del Diccionario filosófico se cita a Luis de Páramo, autor de un libro sobre el Santo Oficio titulado De origine et progressu officii Sanctae Inquisitionis eiusque dignitate et utilitate, impreso en Madrid en 1589 y que mereció el siguiente comentario del propio Voltaire: “No nos es posible concebir hoy horrores tan extravagantes como abominables. Pero entonces resultaba muy natural y edificante. Todos los fanáticos se parecen a Luis de Páramo”3
. En la exposición que sobre la Inquisición se celebró en 1982 en el Palacio de Velázquez de Madrid, se encontró de nuevo Sciascia con Luis de Páramo, y también con Voltaire, coincidencia que le inspiró nuevas e interesantes páginas sobre el tema que nos ocupa4 . Así pues, en primer lugar, Voltaire; y de la misma manera que este hablaba de “bello auto de fe” en el impagable capítulo VI de Cándido, Sciascia nos remite a las “bonitas hogueras de aquella época” en el prólogo de Las parroquias de Regalpetra.
Podemos seguir con Pietro Verri, amigo de Cesare Beccaria en los años centrales del siglo XVIII, a quien incitó a escribir lo que acabaría siendo uno de los libros más importantes del Siglo de las Luces: De los delitos y de las penas (1764). Y movido quizá por el gran éxito de la obra de Beccaria escribe Verri sus Observaciones sobre la tortura, en 1777, obra que servirá tanto a Manzoni para retomar el caso de los untadores o embadurnadores de Milán como a Sciascia para volver sobre el proceso de Caterina Medici, acusada y condenada por bruja, historia a la que nosotros hemos de regresar más adelante.
Alessandro Manzoni (1785-1873) es el tercer autor que debemos citar, el Manzoni de Los Novios y, sobre todo, de Historia de la columna infame, libros ambos que aparecen citados con frecuencia en la obra de Sciascia. De este último contamos en España con una edición que lleva como apéndice una precisa <<Nota>> del propio Sciascia y en la que dice: “Pequeño gran libro (que) sigue estando entre los menos conocidos de la literatura italiana”5
; obra “a la que no nos cansaremos de remitir nunca al lector, por tantas razones: que son, después de todo, aquellas por las cuales escribimos y el modo cómo escribimos”6 .
Podemos concluir con una referencia a Giuseppe Pitrè, quien, ya viejo, escribió, a comienzos del siglo XX, un notable trabajo sobre el Santo Oficio en Palermo, partiendo para ello de aquellos dibujos e inscripciones anónimas que quedaron en las celdas del Palacio Steri, sede de la Inquisición siciliana, a los que Pitrè llamó “palimpsestos de la cárcel” y a los que Sciascia considera “testimonios de desesperación, miedo, advertencia y oración”.
II
Le parrocchie di RegalpetraEn 1964 publica Sciascia Muerte del Inquisidor, su primera aproximación al tema. Se trata de un ensayo histórico exhaustivo sobre el proceso inquisitorial sufrido por fray Diego La Matina, racalmutense como él, quien el 4 de abril de 1657 dio muerte, golpeándolo con sus grilletes, al inquisidor don Juan López de Cisneros. Muerte del Inquisidor es el libro más querido por su autor, “el único que releo y sobre el que aun me devano los sesos”7 . Confiesa Sciascia: “puedo decir que he trabajado en este ensayo más y con más ganas y pasión que en ningún otro libro mío”8 .Y no es para menos: no uno sino varios procesos sufrió fray Diego entre 1644 y 1658, año en que, exactamente el 17 de marzo, se realizó el auto de fe en el que se le condenó a la hoguera: “que vivo le quemaran y sus cenizas dispersaran al viento”. La sentencia fue ejecutada esa misma noche en la plaza de san Erasmo de Palermo. Para aquellos que quieran hacerse una idea precisa de todo lo que comportaba
la realización de un acto de esta naturaleza los remitimos sin dudar a las páginas finales de este librito.
Fray Diego es condenado a morir en la hoguera por “hereje, apóstata, calumniador y parricida”; así pues era uno de aquellos relapsos a los que la Inquisición entregaba a la justicia secular para ser quemados vivos. Y aquí comienza el verdadero problema, la pesadilla que mantuvo en vela a Sciascia, quien para librarse de ella investigó en los archivos de Racalmuto, Agrigento, Palermo y Madrid, tratando de precisar el tipo de herejía por la que fue condenado Diego La Matina. Todo inútil. Las actas del proceso y el libro escrito por fray Diego “con muchos y heréticos disparates” se perdieron en la quema que se hizo del archivo del Palacio Steri en 1783. Pero cabe la conjetura, la deducción: fray Diego, hombre de “tenaz opinión”, proclamó, incluso sobre la pira, que Dios era injusto. Y dice Sciascia: “Una herejía cuya base era la afirmación de que Dios es injusto no puede, y menos aun en el s. XVII, hacer muchos adeptos, sin embargo, parece ser que fray Diego logró tener prosélitos (y esta era la mayor preocupación del tribunal)”; por eso, dice el novelista, el error del reo “fue plantear el problema de la justicia en una época absolutamente injusta”9
. Se trataría de una herejía más de tipo social que propiamente teológica –“hereje, no ante la religión, sino ante la vida” – y de la que fray Diego no fue apeado por la “conjunta persuasión” de los nueve teólogos que le asistieron en la noche anterior a su ejecución.
En este punto Sciascia salta del caso a la categoría, en un párrafo que trascribimos entero: “Es una de las más atroces y alucinantes escenas que nunca la intolerancia humana haya representado. Así como estos nueve hombres imbuidos de doctrina teológica y moral, que se desvivían en torno al condenado ( pero de vez en cuando iban a comer a los aposentos del alcaide), perviven en la historia del deshonor humano, Diego La Matina afirma la dignidad y el honor del hombre, la fuerza del pensamiento, la firmeza de la voluntad y la victoria de la libertad”10
. De este modo el proceso de Diego La Matina nos lleva a estudiar el ámbito de actuación y competencia de la Inquisición y al no menos importante asunto del fin último de la creación del Santo Tribunal en 1478.
El motivo primero para la creación de la Inquisición española fue velar por la ortodoxia católica de los judíos convertidos al cristianismo. Pero como bien dice Netanyahu, el problema del criptojudaismo en España en el último cuarto del siglo XV no pasaba de ser una ficción colectiva que ocultaba una grave quiebra social, un soterrado odio entre cristianos viejos y conversos. El antisemitismo medieval encuentra de este modo una fórmula para reproducirse, para perpetuarse, pero ahora asistido por el tribunal del Santo Oficio creado por Sixto IV a instancias, no lo olvidemos, de los monarcas españoles: “Los Reyes Católicos sintieron venir la marea alta del anti-semitismo, y en lugar de resistirla decidieron subirse a ella. Esto es lo que en esencia había detrás de la decisión de fundar y mantener la Inquisición española”11
.
Pero si la herejía judía nos parece a nosotros una ficción no lo fue desde luego para la Inquisición, que comenzó a ver herejías y herejes por todas partes. Dice Caro Baroja: “Durante los primeros años de su funcionamiento, la Inquisición española se ocupó de modo preferente en fiscalizar y controlar la vida de los judíos bautizados y de
sus descendientes. Todo el tinglado administrativo que se montó con este fin peculiar, se aplicó también a otros fines, como el de reprimir las infiltraciones luteranas en la primera mitad del siglo XVI, más tarde las calvinistas, en castigar incrédulos, blasfemos, escandalosos, hechiceros y hechiceras de distintas castas y pelajes, brujos y brujas. En nombre del bien común y de la <<Unidad>>”12
.
El Santo Tribunal se transformó de este modo en un organismo político y policíaco que ocupó todos los ámbitos de la sociedad: lo público y lo privado, lo individual y lo colectivo, no escaparán a su control. Lo expresa muy bien J. Antonio Escudero en el siguiente párrafo: “Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando el Santo Oficio lo había invadido todo, convirtiéndose en una institución omnipresente a la que veremos perseguir tanto a un bígamo como al arzobispo primado de España, prohibir un folleto extravagante o censurar El Quijote, vigilar a una beata de pueblo o seguir los pasos de fray Luis de León, enfrentarse con un blasfemo de taberna o con un ilustrado jansenista, encausar al que había fornicado o al que era tildado de masón”13
.
Y de este modo se fue creando una densa red de espionaje, de delación, de secretismo. La sospecha, la cautela, el miedo se apoderan rápidamente del entramado social. El historiador Bartolomé Bennassar acuñó la expresión “pedagogía del miedo” para referirse a este enquistamiento de la Inquisición en la sociedad y que él resume en tres factores: el secreto y el engranaje del secreto, la memoria de la infamia y la amenaza de la miseria14
. De esta manera, un organismo creado con fines estrictamente religiosos se transformó con rapidez en un instrumento de poder político. Aquí está la raíz de frecuentes roces y enfrentamientos entre la justicia real ordinaria y la justicia inquisitorial.15
Volvemos al proceso de fray Diego La Matina, porque cuando es detenido por primera vez, en 1644, lo es por la justicia ordinaria, pero enseguida remitido al Santo Oficio. ¿Conflicto de competencias saldado a favor de la Inquisición? ¿O delito ambivalente, como sostiene Sciascia? ¿Y qué delito? En esta pregunta sin respuesta cierta aparece la verdadera esencia de la Inquisición: un organismo que tenía el brazo largo, miles de brazos, miles de ojos y de oídos; y a fuerza de tanto mirar, de tanto escuchar, acabó viendo y oyendo lo que quería ver y oír. Y de ese modo comienza una larga historia de tres siglos de denuncias, de proceso, de torturas, de condenas y de ejecuciones. Tres siglos en los que miles de hombres y mujeres, a menudo de estratos sociales humildes, personajes casi anónimos de un demencial drama barroco, son acusados y condenados por delitos cuyo alcance desconocían ellos y, a veces, también nosotros. Hombres y mujeres que pasaron a la historia al ser arrastrados por la rueda de un delirante sistema de hacer justicia. Personajes casi olvidados, como fray Diego, muchos de los cuales resistieron y defendieron hasta el límite su herejía: “y aquel que defiende su propia herejía es siempre alguien que mantiene muy alta la dignidad del hombre”16
.
III
Pero los terribles rigores inquisitoriales no acababan en la herejía, sólo empezaban. Blasfemos, bígamos, adúlteros, sodomitas, poetas, novelistas, científicos, filósofos, estuvieron bajo control estricto del Santo Tribunal. Y también los brujos, y sobre todo las brujas. La brujería y sus derivaciones habían sido perseguidas desde antiguo, con más o menos virulencia. En los siglos XVI y XVII las brujas vuelven a poblar Europa; una Europa que conoce la guerra, la peste, el hambre: “¿De cuando data la hechicera? Del tiempo de la desesperación”, afirma Jules Michelet en el interesante libro que dedicó al tema de las brujas en 186217 .
En la obra de Sciascia encontramos al menos dos procesos inquisitoriales por brujería. Uno, el de Pellegrina Vitello, juzgada por la Suprema de Sicilia y despedazada a tirones de cuerda en 1555, lo hallamos en Muerte del Inquisidor. El segundo es el de Caterina Medici, quien en Milán, en 1617, es juzgada y condenada a la hoguera por bruja confesa y por provocar extraños dolores de estómago nada menos que a Luigi Melzi, miembro del senado milanés y consultor de la Santa Inquisición desde 1600. A desenredar este proceso y esta condena dedicó Leonardo Sciascia un pequeño libro –La bruja y el capitán– al que vamos a referirnos con algún detalle.
la strega e il capitanoLa historia está tomada de Pietro Verri y de Alessandro Manzoni. En este caso el proceso fue promovido por el senado y la justicia ordinaria, que contaron con la siempre eficaz ayuda de la Inquisición en la labor de extirpar las prácticas de brujería que por entonces abundaban en Italia, al igual que en toda Europa. Más allá de una mera investigación del caso, de la recuperación de una historia mil veces repetida, el proceso de Caterina Medici da pie a Sciascia para elevar su punto de mira y someter a juicio a todo un modo de hacer justicia, de buscar la verdad, de condenar: “Aterradora ha sido siempre, en todo momento y lugar, la administración de la justicia. Especialmente cuando fe, creencias, supersticiones, razón de Estado o razón de partido la dominan o se insinúan en ella”18 .
El proceso de Caterina Medici y el de tantas otras personas está efectivamente cargado de fe, de creencias, de superstición; tanto por su parte como, sobre todo, por los inquisidores: “Caterina Medici creía ser una bruja o, cuando menos, tenía fe en las prácticas brujeriles. Aunque una fe menos sólida quizá que la de los acusadores: dado que, en materia de brujería, el inquisidor y el inquirido, el verdugo y la víctima, participaban de una misma creencia; brujos y brujas, sin embargo, viendo que tal abundancia de prácticas no surtían ningún efecto, debían de tener sus dudas, mientras que no las tenían, como resulta obvio, aquellos que las temían o se creían afectados por las prácticas brujeriles –y más aún los padres inquisidores, los jueces”19
. Sobre estas premisas comienza el interrogatorio, con la amenaza siempre presente del tormento. Un interrogatorio en busca de la verdad, “es decir, de la mentira”, dice Sciascia. Una verdad producto de la fantasía y del delirio de Caterina quien cuenta a sus jueces muchas cosas “para nosotros increíbles y repugnantes, pero para los inquisidores seguramente
verosímiles y placenteras, fruto del miedo, del terror, del dolor”20
. Tras aplicarle tormento fue estrangulada y quemada.
¿Cómo se había llegado a este delirio, a esta sinrazón, a esa falta de humanidad y clemencia?. Sciascia escribe: “Se había establecido, y señaladamente en aquel siglo, una funesta circularidad: antiguas fantasías y leyendas, antiguas maravillas y temores que eran creencias del mundo popular, para la Iglesia católica en un momento dado se configuraban como un peligro, como elementos de una religión del mal que venían a oponerse precisamente a la, católica, del bien. Y aquel antiguo fabular se configuró, fue configurado como un peligro: por la obvia y eterna razón de que toda tiranía tiene necesidad de crearse uno, de señalarlo, de acusarlo de todos aquellos efectos que ella misma produce de injusticia, de miseria, de infelicidad entre los sometidos”21
. Para apoyar su tesis Sciascia recurre a Manzoni, concretamente al capítulo XXXII de Los novios, allí donde dice: “De las invenciones del vulgo, tomaba la gente culta lo que podía acomodarse a sus ideas; de las invenciones de la gente instruida, tomaba el vulgo lo que podía comprender a su modo; y de todo se formaba una masa enorme y confusa de pública demencia”22 .
Todos aquellos tratados y compendios sobre la presencia del diablo que circulaban por Europa, el Directorium inquisitorum de Eymerich, las Disquisitionum magicarum de Martín del Río o el Malleus maleficarum de Sprenger, sirvieron para dar sentido racional a la mentira y, con la mentira, a la muerte, porque como bien dice Sicascia refiriéndose al proceso de Caterina: “el Senado y el tribunal no perseguían la verdad, perseguían crear un monstruo que se ajustase perfectamente al más alto grado de consubstanciación diabólica, de manifestación del mal, sobre el que los manuales de demonología, clasificando y describiendo, deliraban. Se pretendía, en suma, forzar a Caterina, con los tormentos, a un delirio igual. Y Caterina no pudo sino complacerles”23
.
IV
il cavaliere e la morteEl segundo tema que promete el título de este trabajo es el de los conversos. Los conversos son para Sciascia un trágico símbolo, una metáfora ambivalente de su tiempo y del nuestro. Más que como comunidad histórica le interesan como paradigma que se metamorfosea a lo largo de los siglos. Así aparecen en El caballero y la muerte, pequeña obra maestra escrita en 1988 y publicada en castellano apenas un mes después de la muerte de su autor. Al comienzo de esta obra conversan dos policías sobre algo aparentemente trivial como es la peligrosidad de fumar, la bondad de dejar de consumir tabaco. Uno de ellos, el Jefe, lleva seis meses sin probar un cigarrillo, está orgulloso, dispuesto a prohibir fumar en las oficinas policiales. El otro, el Vice, fumador empedernido, enfermo de
muerte, al hilo de la conversación le dice a su superior: “Sin duda, sabrá usted que fueron los judíos conversos quienes inventaron la inquisición católica en España”24
.
He aquí la primera cara de esa metáfora: la cara del rencor, de la maldad, porque “el que se convierte siempre se convierte a lo peor, aunque parezca lo mejor. Lo peor, en quien es capaz de convertirse, siempre acaba siendo lo peor de lo peor”25
. Los conversos son para Sciascia símbolo patológico del resentimiento. Conocemos el gran protagonismo que tuvieron los conversos o sus descendientes en el proceso de creación de la Inquisición. Probablemente por las venas de dos Inquisidores Generales –fray Tomás de Torquemada y fray Diego de Deza– corría sangre judía; y es conocido el celo que puso el primero de ellos en impulsar la organización y la acción del Santo Oficio26 .
El envés de la metáfora es justamente el de la minoría perseguida, el de los conversos como víctima colectiva de la sociedad y del Estado. Con frecuencia la herejía es una creación del poder, del Estado, para hacerse más fuerte, más seguro. De igual modo que los conversos del siglo XV, el grupo terrorista revolucionario <<Los hijos del ochenta y nueve>> sirven al mismo fin, doscientos años después de la Revolución Francesa, porque “es necesario que el diablo exista para que el agua bendita sea bendita”27
. Los conversos, al igual que <<Los hijos del ochenta y nueve>>, serían una impostura del poder: “Ese grupo no existe, pero quieren que exista: para usarlo como pantalla, y como medio de intimidación al servicio de quienes abrigan intenciones muy distintas”28 . Minorías que no aparecen por arte diabólico sino por arte humano, fieramente humano, porque a finales del siglo XV, y no digamos a comienzos del siglo XXI, “el diablo estaba tan cansado que prefería dejarlo todo en manos de los hombres, más eficaces que él”29 .
V
En 1783, sólo un año después de abolida la Inquisición en Sicilia, perece en el fuego el archivo del Palacio Steri: fue quemado con la evidente intención de hacer desaparecer el rastro del Santo Tribunal, de borrar los terribles frutos del sueño de la razón: “Quemar tres siglos así, como si nada. Tres siglos que requieren algo más que una hoguera para ser borrados”30 , dice un personaje de Sciascia. Porque, en efecto, para él la inquisición sigue entre nosotros de manera muy evidente: “Hoy la inquisición –la Inquisición, la INQUISICIÓN– se dedica a la destrucción de la memoria: o bien bajo la forma y el procedimiento de la verdadera Inquisición, o bien bajo la forma de un presente totalizante y totalitario que se presenta –hay que decirlo– con tal abundancia e inagotables concatenaciones de bienes (de males) de uso y consumo, y generando tal abundancia e inagotables concatenaciones de insatisfacciones, que no deja ningún resquicio a la memoria o se esfuerza por corroerla allí donde sobrevive”31 .
Leonardo Sciascia pensaba que los métodos inquisitoriales siguen entre nosotros, más sutiles y peligrosos que nunca. Los atentados del 11-S y del 11-M serán sin duda, lo están siendo ya, aprovechados ventajosamente por los inquisidores de nuestro tiempo. Para hablar de ello, al igual que el abate Vella en El Archivo de Egipto, prefirió la fábula a la historia. Fernando Savater escribió, poco después de su muerte, que “para Sciascia, que es un ilustrado, sin razón y contra la razón nunca se puede llegar demasiado lejos, ni aun en el crimen”32
. Y su amigo Gesualdo Bufalino dijo de sus novelas que eran “auténticos apólogos y fábulas de la razón”. La última de ellas, –El caballero y la muerte– reúne los temas más queridos por su autor: el arte, el derecho, la amistad, la pena de muerte, la Inquisición, los conversos...Se trata de un verdadero testamento que tiene como marco Sicilia, la tierra y la gente que él conocía y amaba como nadie. Testamento siciliano y universal, ofrecido a nosotros, sus lectores, en una inolvidable lección de literatura y sensibilidad al servicio de la vida y del conocimiento: “pues nada de sí mismos ni del mundo entienden la generalidad de los hombres, si la literatura no se lo enseña”33 .






1
- (Torna su ) - FONTANA, J., La historia después del fin de la historia, Barcelona, Crítica, 1992, p. 23n.
2
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., Las parroquias de Regalpetra, Barcelona, Bruguera, 1983, p. 7.
3
- (Torna su ) - VOLTAIRE, Diccionario filosófico (Inquisición), Madrid, Akal, 1985, p.327.
4
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., Horas de España, Barcelona, Tusquets, 1990, cap. I.
5
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., “Nota”, en MANZONI, A., Historia de la columna infame, Madrid, Alianza, 1987, p. 154.
6
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., La bruja y el capitán, Barcelona, Tusquets, 1987, p. 95.
7
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., Las parroquias de Regalpetra, p. 7.
8
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., “Muerte del Inquisidor”, en Las parroquias de Regalpetra, p. 267.
9
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., “Muerte del Inquisidor”, en Las parroquias de Regalpetra, p. 247. La hipótesis de una herejía de corte social la sigue manteniendo el autor en una entrevista publicada en “L’Ora” (mayo de 1979), recogida en SCIASCIA, L., Sin esperanza no pueden plantarse olivos, Barcelona, Laia, 1989, pp. 157-166.
10
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., “Muerte del Inquisidor”, en Las parroquias de Regalpetra, p. 229.
11
- (Torna su ) - NETANYAHU, B., “¿Motivos o pretextos? La razón de la Inquisición”, en ALCALÁ, A., Inquisición española y mentalidad inquisitorial, Barcelona, Ariel, 1984, pp. 23-44. Cfr. DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., Los judeoconversos en España y América, Madrid, Istmo, 1988, cap. 1 y 2.
12
- (Torna su ) - CARO BAROJA, J., “Soliloquio sobre la Inquisición y los moriscos”, en VVAA, La Inquisición, Madrid, abril de 1986, Historia 16 (Especial 10º aniversario), pp. 38-46.
13
- (Torna su ) - ESCUDERO, J.A., La Inquisición en España, Madrid, Cuadernos de Historia 16 (nº 108), pp. 23-24. Cfr. KAMEN, H., La Inquisición española, Madrid, Alianza, 1973, cap. 11.
14
- (Torna su ) - BENNASSAR, B., “Modelos de la mentalidad inquisitorial”, en ALCALÁ, A., Inquisición española y mentalidad inquisitorial, pp. 174-182.
15
- (Torna su ) - TOMÁS Y VALIENTE, F., “Relaciones de la Inquisición con el aparato institucional del estado”, en PÉREZ VILLANUEVA, J., La Inquisición, pp. 41-60. Igualmente KAMEN, H., La Inquisición española, cap. 13.
16
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., Sin esperanza no pueden plantarse olivos, p. 162.
17
- (Torna su ) - MICHELET, J., La bruja, Barcelona, Labor, 1984, p. 27.
18
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., La bruja y el capitán, p. 34.
19
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., supra, p. 38
20
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., supra., p. 83.
21
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., supra., p. 83
22
- (Torna su ) - Cit. en SCIASCIA, L., supra., p. 85.
23
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., supra, p. 88.
24
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., El caballero y la muerte, Barcelona, Tusquets, 1989, p. 12.
25
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., supra, p. 13
26
- (Torna su ) - DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., Los judeoconversos en España y América, cap. 2 y 8. HUERGA, P., “Tomás de Torquemada, primer Inquisidor General”, Madrid, 1985, Cuadernos de Historia 16 (nº 113)
27
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., supra, p. 98.
28
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., supra, p. 35.
29
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., supra, p. 83-84.
30
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., El Archivo de Egipto, Barcelona, Bruguera, 1977, p. 19. Reeditado por Tusquets con el título El Consejo de Egipto.
31
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., El teatro de la memoria, Madrid, Alianza, 1986, pp. 39-40.
32
- (Torna su ) - SAVATER, F., “Testamento”, en El País Semanal, enero de 1990.
33
- (Torna su ) - SCIASCIA, L., La bruja y el capitán, p. 17.
 
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